El beso de la muerte

 

Arriba, el presidente Donald Trump saludó y dio la palabra a la contrarrevolucionaria Cary Roque el pasado viernes en Miami; abajo, se ve a Roque en otra foto junto al terrorista Luis Posada Carriles.

El presidente Donald Trump, quizá sin saberlo, entró el viernes pasado a la boca del lobo de Miami. Entre vividores y delincuentes de baja calaña, en el auditorio que se reunió para escuchar su anunciado cambio de política hacia Cuba se encontraban algunos de los terroristas más connotados de este hemisferio, que gozan del privilegio de la libertad y el amparo del gobierno estadounidense por haber trabajado bajo las órdenes de la Agencia Central de Inteligencia (CIA).

El mandatario saludó y alabó la vida y obra de personajes que están manchados con la sangre de cientos de personas inocentes, lo cual es un agravio no solo contra el pueblo cubano, sino contra todas las víctimas del terrorismo internacional.

La foto de arriba que acompaña este trabajo recoge el momento en que Trump saluda y da la palabra a Cary Roque, tras narrar una dramática historia sobre cómo fue encarcelada sin motivos al comienzo de la Revolución.

Pero la verdad es que Roque fue sentenciada en 1961 a 20 de años de prisión (de los que cumplió 16) por acciones de sabotaje y apoyo a las bandas criminales de alzados que asolaron varias regiones del territorio nacional.

Roque militó en grupos terroristas como el Movimiento de Recuperación Revolucionaria, organizado y financiado por la CIA, que llevó a cabo mortíferos atentados contra instalaciones civiles y ciudadanos comunes en los primeros años de la Revolución.

En Miami siguió vinculada a personajes como Orlando Gutiérrez Boronat, del Directorio Democrático Cubano, especialista en sacarle dinero a la CIA y la USAID para emplearlo en acciones de desestabilización contra Cuba.

La otra foto comprueba también sus vínculos con Luis Posada Carriles,  quien, si Trump no lo sabe, es el terrorista número 1 del Hemisferio Occidental y camina impunemente en Miami a pesar de haberle confesado al New York Times su relación con la cadena de atentados en instalaciones hoteleras cubanas en 1997, que costó la vida al joven italiano Fabio Di Celmo.

Mucho antes del atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York, que desató una cruzada en los Estados Unidos y puso el tema del terrorismo en el foco de la política internacional, Posada había volado en pleno vuelo un avión cubano causando la muerte de 73 personas en 1976.

El canciller cubano, Bruno Rodríguez Parrilla, dejó emplazado al gobierno norteamericano para que confirme o desmienta si el presidente estuvo rodeado o no por terroristas. Seguimos a la espera de su respuesta.

La CIA abre sus puertas a terroristas anticubanos

Por Percy Alvarado Godoy

 

No sé hasta qué punto fue cosa de mera cortesía, pero lo cierto es que la sede de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) abrió el 19 de mayo sus puertas a un grupo reducido de viejos contrarrevolucionarios de la bochornosa Brigada 2506 –derrotada en menos de 72 horas en Playa Girón– y a otros funcionarios de Miami Dade. El encuentro fue pactado por el senador Marco Rubio, allí presente, con el propio Donald Trump, quien instruyó de esta visita al director de la misma, Mike Pompeo, quien se encargó de halagar a los visitantes.

Aunque todo pareció una jugada mediática de Trump para lisonjear a la extrema derecha anticubana que le ha brindado total apoyo, la presencia de los viejos fracasados de Bahía de Cochinos, entre los que se encontraban José Cancio y Félix Rodríguez Mendigutía, despierta el claro mensaje del compromiso de la Agencia con la añeja pretensión de derrocar a la Revolución Cubana.

Otro mensaje indica que esta visita fue un acuerdo de Trump con Pompeo para disminuir el impacto mediático de los desacuerdos entre Trump y la CIA, sobre todo cuando el diario The New York Times acaba de destapar la noticia de que Pompeo se mantuvo pasando información confidencial a Michael Flynn, ex asesor de Seguridad Nacional de Estados Unidos, a pesar de que el mismo estaba sujeto a investigación por supuestos vínculos con el embajador ruso en Washington.

Fue simplemente una jugada de concesiones entre partes que sirvió para afianzar a Marco Rubio en el panorama político USA, aparentar una distensión dudosa entre Trump y la CIA y, de paso, esperanzar a los viejos enemigos de Cuba.